Como docentes universitarios el presenciar actos de deshonestidad académica es motivo de preocupación; y, nos conlleva a reflexionar sobre el nivel de logro de las competencias disciplinares y transversales que estamos fomentando en los estudiantes. Además, de afectar directamente sobre un aspecto que es nuestra responsabilidad: la orientación del acompañamiento brindado a los jóvenes durante esta etapa formativa.

La sociedad espera que un profesional, posea un conjunto de conocimientos, habilidades y actitudes que le son útiles tanto para tomar las decisiones, como para resolver de una manera eficaz y ética, las problemáticas que le competen en su área de expertise (Gómez & Pinto, 2017). No obstante, estas características son difícilmente alcanzables por lo estudiantes, si su proceso de formación no se da en un ambiente en el que se viva la integridad académica, tanto al existir ejemplos que modelen la integridad; así como al identificar su importancia, en las interacciones cotidianas.

Incluso contando con las condiciones antes mencionadas, resulta necesario estimular aquellos elementos que impactan en el desarrollo del comportamiento ético de los estudiantes. En este sentido, a lo largo del tiempo, se han privilegiado acciones educativas que tienen como objetivo el progreso en el razonamiento moral, debido a que este nos permite distinguir entre lo correcto y lo incorrecto; entre lo que es justo o injusto.

Algo sobresaliente es que, a pesar de la innegable importancia que tiene el razonamiento moral, la evidencia empírica (Rest, 1979) muestra que en sí mismo, no impacta de manera significativa el comportamiento ético. Sin embargo, sí existen otros componentes que, al actuar en conjunto con el razonamiento moral, orientan hacia la acción moral. Entre estos elementos, destacan: la sensibilidad, la motivación y la identidad éticas (Rest, et al., 2000).

La sensibilidad ética, permite a los estudiantes reconocer tres aspectos generales de una situación de deshonestidad académica: el contenido del acto, las implicaciones para los involucrados en la situación; y las condiciones contextuales del problema. La motivación, hace referencia a la intencionalidad que tiene el estudiante para decidir y actuar de una manera ética, así como la habilidad para persistir y sobreponerse a los obstáculos que implica una toma de decisiones de esta naturaleza. Mientras que, la identidad ética, implica las creencias que va construyendo el estudiante sobre sí mismo y sobre los demás, a partir de la integración de sus experiencias previas a lo largo de la vida del individuo (Bebeau, 2002, et al., 2003; Narvaez 2005).

La inclusión de los componentes de la acción ética (sensibilidad, juicio, motivación e identidad) hace que sea más factible adecuar nuestras estrategias y técnicas didácticas. Así, independientemente desde el modelo de aprendizaje que estemos utilizando (colaborativo, situado, autónomo, activo; basado en problemas, basado en proyectos, basado en el servicio), podemos incluir actividades que fomenten los conocimientos, las habilidades y las actitudes requeridas para cada componente. A continuación, se citan algunos ejemplos:

Para trabajar la sensibilidad ética se pueden implementar actividades que busquen comprender las emociones que experimentan los estudiantes, ya que el identificarlas y expresarlas, les orienta a generar dos factores de protección muy importantes: la gestión emocional y la autorregulación. Otras de las sugerencias realizadas es la implementación de actividades como el juego de roles o el debate, acciones en las que se promueva la capacidad de tomar los puntos de vista de otras personas, debido a esto ampliará su perspectiva, descentraliza al estudiante y le permite desarrollar una perspectiva más justa. De igual manera, el trabajo a través de casos o basado en resolución de problemas, le permite a los estudiantes universitarios interpretar acciones éticas asociadas a su perfil profesional, lo cual no exclusivamente le lleva a determinar qué está pasando, sino que le prepara para poder generar respuestas creativas e íntegras.

Para trabajar el juicio ético se pueden implementar actividades que le permita al estudiante comprender los problemas éticos, desde tareas sencillas como: la recolección de información, la categorización de los eventos y el análisis de las condiciones contextuales y temporales. Para ello, suele ser particularmente importante el trabajo a partir de casos o dilemas que se relaciones a situaciones en los que los estudiantes se pueden ver reflejados, ya sea por las características propias de la etapa o el contexto que viven, así como por las posibles implicaciones existentes con su perfil profesional.

Un aspecto que resulta fundamental al trabajar el juicio, es que los alumnos realmente puedan comprender y predecir cuáles son las consecuencias de las acciones, esto les brindará una perspectiva más amplia cuando tengan que tomar decisiones y dar respuesta a las consecuencias. Esto, a su vez, le puede ayudar a manejar las emociones negativas asociadas a la presión de la toma de decisiones y al monitoreo del razonamiento y comportamiento tanto propio como de otros.

En relación a la motivación ética se pueden implementar actividades colaborativas en las que se cultive la conciencia y la responsabilidad, no solo cumpliendo con las obligaciones, sino actuando prudentemente al asignar recursos o al utilizar de manera adecuada la influencia o poder que se pueda tiene hacia otros seres vivos. De esta forma, es como el estudiante desarrolla habilidades que le incitarán a actuar de una manera firme y constante, orientado a la superación de los obstáculos, pero con una perspectiva de integridad. Este tipo de actividades pueden ser viables en proyectos y prácticas, en los que la misma interacción social va generando roles, jerarquías, y otras dinámicas relacionadas con el interés y el poder.

Finalmente, el trabajo relacionado con el fomento de una identidad ética, me parece el aspecto fundamental para impactar en nuestros estudiantes, debido a que implica la integración de todos los elementos anteriores y su adaptación dentro de la comunidad educativa. En este sentido, se considera pertinente el fomentar actividades que se vinculen con la resolución de conflictos, a través de los cuales el estudiante aprende a dar solución a estos problemas interpersonales y a negociar con otros. Y justo, a través de procesos mediacionales es el estudiante va integrando que el obrar con respeto es parte fundamental de su identidad, no solo profesional sino personal.

La formación ciudadana y profesional de nuestros estudiantes es un compromiso social que tenemos las universidades y sus colaboradores. Para lograrlo, la estrategia que se implemente deberá: a) fomentar la integridad académica atendiendo múltiples factores; b) implicar a toda la comunidad universitaria, para fomentar un ambiente en el que es valioso optar por la integridad académica; y c) dar oportunidad a los estudiantes para reflexionar y aprender de los comportamientos deshonestos.

Por ello, se requiere que el desarrollo moral de los estudiantes sea una práctica explícita dentro de los procesos de enseñanza – aprendizaje universitario. De esta manera, se puede apoyar desde las aulas, al fomento de una cultura de integridad académica, generando situaciones de aprendizaje en día a día, que desafíen permanentemente a los estudiantes, con base en su nivel de desarrollo, el perfil profesional y sus intereses etarios e individuales.

La integración de este tipo de prácticas sin duda, ayudará a reorientar el valor de la formación universitaria más allá de las calificaciones, los reconocimientos y los premios; orientándolos hacia un proceso de formación de profesionales y ciudadanos comprometidos con el desarrollo social sustentable de las diversas comunidades y grupos.

Referencias

Bebeau, M. (2002). The Defining Issues Test and the Four Component Model: contribution to professional education. Journal of Moral Education, 31 (3), 271-295.

Gómez, A. & Pinto, B. (2017). La integridad académica: el dilema de la formación médica. Revista Educación y Desarrollo Social, 11 (2), 162-188. DOI: org/10/18359/red

Narvaez, D. (2005). The Neo-Kohlbergian Tradition and Beyond: Schemas, Expertise and Character. En G. Carlo & C. Pope (Eds.), Nebraska Symposium on Motivation.  Moral Motivation through the Lifespan (pp. 119-163).  University of Nebraska Press.

Rest, J. (1979). Development in judging moral issues. University Minnesota Press.

Rest, J., Narvaez, D., Thoma, S. y Bebeau, M. (2000). A Neo-kohlbergian Approach to Morality Research. Journal of Moral Education, 29 (4), 381-393.