En mis clases, las evaluaciones son ese elemento que siempre está en proceso de construcción, reconstrucción y destrucción. El ¿qué espero del aprendizaje en mis clases?, se mezcla con la más prosaica, ¿cuántas personas están inscritas en la clase? Un equilibrio donde a veces ese deseo cualitativo con dejo formativo se vuelve impracticable. Antes del inicio de cada semestre me siento frente a la computadora con la duda existencial de si mis herramientas de evaluación ofrecen lo necesario, de cuántas evaluaciones por semestre necesito, sobre qué tipo de evaluaciones son más adecuadas, y la más grave de todas: ¿examinar o no examinar? También ronda en mi cabeza esa idea de “este semestre voy a dejarlas igual” que siempre termina abandonada. Los cambios obedecían a una constante en mis evaluaciones, el control.

Entonces llegó la pandemia y todo cambió.  Ya no era una duda existencial, era una necesidad que partió de algo que se ha discutido en los sistemas educativos virtuales desde siempre y que no fue tarea fácil, dejar ir el control. La idea habitual de los exámenes implica un control absoluto de todas las variables. Controlas en ambiente porque estás en un salón, controlas el sonido, controlas el uso de material, controlas el uso de tecnología, controlas incluso el movimiento de los cuerpos… y entonces me di cuenta que entre más control buscaba, más lo alejaba, y para ganarlo debía incrementar el estrés, mío y de mis estudiantes. Quizá porque mi personalidad no empata con la imposibilidad de controlar las cosas, quizá porque el pragmatismo me veía desde una esquina con cara de fastidio.

Hay cosas que no se pueden controlar sin convertir las evaluaciones en un panóptico foucaultiano y eso era lo que menos quería. Mi universidad apostó por una forma de online proctoring que nunca he usado. Con los niveles de estrés y ansiedad que atravesamos en 2020 y 2021, sumar un estrés adicional a mis estudiantes no me motivaba. En 2020 pasaba mis ratos libres informándome sobre las evaluaciones en línea, y ahí reapareció a discusión sobre el control. Así que leí, aprendí y cambié mis estrategias; reduje los exámenes y le aposté al trabajo en equipo con énfasis en las funciones y corresponsabilidades individuales. Algo que afortunadamente no se apartaba de lo que solía hacer. Los exámenes no están exiliados de mi vida; existen pero están trabajados con objetivos y finalidades, con planteamientos de casos o bien postulados donde las opciones son casos. Exámenes en los que incluso pueden usar material, porque no se trata de memorizar, sino de razonar.

Las herramientas que prefiero son el trabajo en equipo y las presentaciones. En los trabajos en equipo uso herramientas online que me permitan verificar las aportaciones individuales, incluyo reportes de trabajo en equipo, pido el establecimiento de funciones individuales y corresponsabilidades; además, fomento evaluaciones grupales e incluso que el equipo se deshaga de los free riders. Y funciona. Al menos en mi caso. Veo más compromiso y al estar dividido en avances a lo largo del semestre, tener seguimiento y acompañarse de evaluaciones individuales, previene plagio y el contract cheating. Entiendo que no todas las personas pueden implementar trabajos y presentaciones cuando hay salones con sobrecupo; ahí es donde los exámenes repensados tienen su lugar. Esos exámenes donde entre más difícil es la elaboración, es más fácil de evaluar y que al enfocarse en procesos de pensamiento crítico, reducen la copia.

El mundo cambió con la pandemia y no podemos solo regresar a las viejas prácticas. Las herramientas del aprendizaje virtual no deben confinarse al Zoom o al Google Meets; si ya una vez aprendimos a dejar ir el control, quizá valga la pena seguir emulando a Elsa.