Se suele decir que el mal triunfa no por las personas que lo hacen, sino por la inactividad de las buenas personas. Es decir, por la falta de denuncia y de un posicionamiento claro. En este caso, la deshonestidad académica se instaura en una institución por la falta de denuncia y de una postura congruente de las personas honestas e íntegras. Pero esa falta de denuncia, muchas veces y casi me atrevería a afirmar que siempre, está ligada a una cultura de integridad y de denuncia de las injusticias. Una cultura de impunidad que incluso podemos ver socialmente y de la que todos en una u otra medida tenemos responsabilidad.

Por tanto, ¿cómo podemos impulsar un cambio cultural hacia una cultura de integridad? Para eso, hay que hacer un trabajo mucho más profundo que simplemente evitar plagios o controlar exámenes. Se trata de educar en valores. Mientras sigamos dando por bueno frases como “quién no transa, no avanza” o vivíamos bajo la ley del mínimo esfuerzo, dónde lo que importa es el resultado final, sin importar los medios para conseguirlo, no vamos a poder cambiar dicha cultura. Las universidades tenemos que convertirnos en ejemplos de la vivencia de valores vinculados a la integridad, como son, la honestidad, la confianza, la responsabilidad, el esfuerzo, el respeto o la lucha por las injusticias. Para ello, se deben de generar políticas institucionales alienados con mecanismos de denuncia y de sanción equitativos, justos y transparentes. A la par de inculcar esos valores a los docentes para que desde su actuar diario se socialicen dichos valores en las formas de impartir clase, en los contenidos seleccionados, en la resolución de conflictos, etc. Y finalmente recuperar el sentido de formación y aprendizaje universitario, que valora más el diálogo, la crítica, la reflexión y el aprendizaje, más que un resultado puntual.